Entrevista a Cuqui Fernández; sus inicios, desafíos y el proceso de un trabajo que no es sólo en exteriores…

Cuqui Fernández aparece detrás del postigón blanco de una casa de estilo francés en Carrasco. Camina, de manera ágil, por los corredores de su casa, al tiempo que suena el teléfono y llegan sus hijos. Detrás de un gran ventanal, se observa una hilera de cactus que se enmarca delante de una pared híper visible, confirmando  que  aquello de que estas plantas dan mala suerte es solo un mito.

A simple vista, pocos imaginarían que Fernández trabaja como paisajista – su rutina diaria la retrata entre árboles, barro y plantas- ya que sus uñas lucen impecables, intactas. Vestida de negro, Cuqui se saca los lentes de armazón colorado, para hablar sobre sus comienzos en el rubro, su evolución y su mirada sobre su apuesta profesional.

¿Pensás que los paisajistas son arquitectos del paisaje?

No es que seamos arquitectos del paisaje eso se lo dejo a Dios. Lo que creo es que hoy en día el paisajismo urbano, más que nada, utiliza mucho la arquitectura, por ejemplo: muros y caminos. Además antes el jardín era una cosa y la casa era otra. A partir de un paisajista que se llama Church (Thomas Church) se integra el jardín con la casa. Como dijo Church, el jardín debe ser un jardín activo donde toda la familia pueda desarrollar todas sus actividades con comodidad y eso sin la arquitectura y el uso de materiales inertes seria imposible. El paisajista elige donde va la pileta, se unen la pileta y la pérgola con caminos para que quede todo unido en algo más global.

Mirando hacia atrás, ¿cómo fueron tus inicios?

Me empezaron a gustar los jardines gracias a mi suegra. Antes de almorzar dábamos una vuelta por el jardín y me decía; “mirá el brote, ¡qué divino!, ¡mirá lo que son esas Frecias!”. Cuando me casé, el regalo de ella fue un diseño de mi jardín hecho por una señora con la que trabajé y aprendí muchísimo, que fue Elena Fulquet.

Al mismo tiempo que trabajaba me puse a hacer el curso de Técnico Jardinera en La Escuela Municipal de Montevideo, donde estudie botánica, reconocimiento vegetal, entomología, práctica y manejo de jardines.

Otra señora a la que le hice caso fue a Maureen, la dueña de Lavender (la casa de té), que me dijo: “Lo ideal es hacer la escuela de jardinería y después hacer un curso de diseño en Buenos Aires”. Y así lo hice. Estudie en Pampa Infinita, es un franchising de la John Brookes School of Garden Desing. Allí no solo aprendimos a diseñar, sino también a hacer planos, croquis, axonométricas e Historia del arte.

¿Cómo es tu proceso de trabajo?

Lo primero de todo es la entrevista con el cliente. Eso es fundamental. El cliente te dice lo que quiere, el concepto. Diseñar un jardín en definitiva es crear un espacio que ofrezca soluciones a las necesidades del cliente, necesidades que interactúan entre el cliente, la casa y el jardín. Después de la entrevista informativa se empieza con el proceso de diseño. Se trabaja en un plano de planta en donde se dibujan los distintos “lugares”, es lo que llamamos Anteproyecto. El Anteproyecto se presenta en un plano a escala, acompañado de croquis, axonométricas, detalles constructivos, fotos, todo aquello que le ayude al cliente a una mayor compresión de la idea. Una vez que el cliente hace las correcciones correspondientes y aprueba el plano, pasamos a la última instancia: el plano de plantación con la elección  y las cantidades de plantas necesarias.

¿Cuánta gente trabaja con vos?

En la ejecución de los proyectos por lo general trabajo con cuatro personas, pero en la puesta a punto, épocas de podas y demás solo somos dos.

¿Vos diseñás y ellos lo desarrollan?

Yo hago el diseño y lo realizo con mi gente. También la ejecución se puede tercerizar y cobro por la dirección de obra. Hay varias empresas que hacen ejecución. Al día de hoy todos los proyectos que diseñé también los ejecute, me encanta el proceso, soñarlo, bajarlo al papel y hacerlo realidad.

¿Cómo te das cuenta si un jardín está bien logrado?

Cuando lo miro y todas las formas cierran, cuando sin pensarlo se aplican las leyes de la Gestalt, (Ley de la buena forma, Ley de agrupamiento, Ley de continuidad, Ley de figura fondo y Ley de cerramiento, entre otras).

¿Qué priorizás más: la forma o el colorido?

Una cosa potencia la otra. Si tenés un círculo o un muro verde y atrás ponés rosas coloradas, explotás el  marco que  a su vez potencia lo que está atrás.

Para mí, en el diseño de jardines se busca un orden. Antes se plantaba con orden pero cuando entrabas al jardín no veías un diseño, una forma reinante.  Entrabas y decías “que lindas rosas”, mirabas más a la planta que al diseño o la forma.  Por eso, hoy en día, la gente empezó a llamar a decoradores o diseñadores para que ese orden se vea. Para que al entrar se aprecie una forma.

Al evaluar un jardín, ¿hay que hacerlo de lo general a lo particular o al revés?

Yo me doy cuenta que lo hago desde lo general a lo particular, para mi en el diseño de un jardín es imprescindible leer visualmente una forma, que esta quede pegada a tus pupilas, que cuando no estas mas en ese lugar te la acuerdes. No te acordaras si había rosas o camelias pero si había un círculo o una curva…

¿En qué aspectos aplicás esta Teoría a tus jardines?

Primero, a mí me gustan mucho los jardines verdes y plantados en masas. (Se levanta a buscar un libro). Este es un italiano: Luciano Giubbilei. ¿Sabés por qué me gustan los jardines verdes? Porque se mantienen todo el año. Hoy en día, se busca un jardín de poco mantenimiento.

¿Tenés una flor o planta que sea como una huella de tus trabajos?

No. Por lo general uso pocas especies. En mis jardines busco orden porque soy súper estresada,  entonces por lo general uso setos verdes, busco marcar las líneas y a partir de ahí pongo color. Pongo movilidad en las plantas pero por lo general me gusta más un jardín que tiene una estructura  más marcada y en el que después vas plantando cosas en diferentes estaciones para que den flor, color, más luz.

¿Cómo integrás el diseño de un jardín zen japonés a la cultura occidental?

Primero que nada, creo que el jardín zen es como más religioso. Yo he hecho jardines japoneses y estudié el tema y ellos representan todos los elementos de la naturaleza en el jardín. Ellos ponen las piedras que representan montañas y a la vez los obstáculos de la vida. El agua, lo verde (la naturaleza), la vida y la luz.

¿Cómo vivís el proceso creativo?

Por lo general, siempre que me siento a dibujar me viene esa  angustia del artista, de la creatividad, de tener la hoja en blanco. Y después empiezo y cada línea se va atando a otra línea y otra curva a otra curva y así se genera una forma, hasta que me gusta y de eso me engancho. Todo tiene un poco de stress y de placer. La jardinería me da adrenalina, me da tranquilidad cuando encuentro la forma, cuando encuentro el porqué de cada lugar. Porque hoy no es solo estético el jardín. Hoy tratás de encontrar lugares que te hagan quedarte. Buscar espacios para poner un banco y leer. Cosas verdaderas. No fantasías.

Muchos me contratan para hacer una puesta a punto de jardines viejos. Y ahí lo que me encanta es que entro y cambio, podo. Es como cuando limpiás una casa. Entro al jardín y cuando miro lo que trabajamos durante 16 horas (por lo general trabajo con un solo peón) me voy y digo ¡Qué placer me da, es como ordenar un ropero! Y la naturaleza es tan noble. Vos podás un árbol y éste revive. Muchas veces la gente se desespera cuando podás, pero es fundamental para que la planta no se muera. Y esa es la magia. Ver para atrás y apreciar cómo quedó todo en su lugar. Eso me desestresa.

A la hora de diseñar sobre un paisaje, ¿cómo evaluás el equilibrio entre la naturaleza y tu trabajo?

Por lo general en los jardines privados no me pasa. El concepto es lo fundamental. El otro día me pasó que fui a un campo en Garzón en el que había una cantera de piedras impresionante. La verdad es que, cuando entré, dije “¿Qué hago acá?. Acá no puedo hacer nada. No quiero tocar nada”. A veces me dan ganas de no intervenir.  Si el cliente te lo pide tratás de llevarlo a lo menos exótico que se pueda.  A veces, tocarlo es un sacrilegio. Es como vestirte a una fiesta de gala con alpargatas.

¿Cuáles son los llenos y vacíos de tu profesión?

Los llenos es la felicidad del cliente. Cuando te lo agradecen y trasmiten su felicidad, y en realidad te están dando un trabajo, te están pagando; pero además se lo toman como algo personal. Esos son los llenos, sin dudas. ¿Los vacíos? El tiempo que apreta, eso me mata.

Luego de pasada más de una hora, Cuqui no deja de gesticular y mueve los brazos con el mismo entusiasmo que trabaja sobre la tierra. “Me gusta sacar una foto al lugar virgen para compararla con la obra terminada. Es como un hijo”, termina.