Con el atardecer cayendo sobre la Laguna Garzón, Delfina Guerra hizo su entrada acompañada por su padre, Martín Guerra, en una escena tan íntima como cinematográfica. Minutos antes, había llegado a la chacra “El Barco”, en un auto antiguo.

El vestido, diseñado en conjunto entre la novia, su madre Elaiza Pozzi y Clara Laborde, fue una síntesis precisa del espíritu de la boda: contemporáneo, relajado y sofisticado. Confeccionado por Clara Laborde Studio, en un tul a rayas blanco traído de Nueva York, acompañaba con naturalidad el paisaje marítimo. La icónica “colita” —su sello personal— se reinterpretó con un tul que caía como velo, en una decisión sutil y moderna y llevada a cabo por el hair stylist Diego Alfonso.

La ceremonia, guiada por amigas y familiares, tuvo un tono profundamente emocional. Las palabras dichas —cercanas, honestas— marcaron uno de los momentos más intensos de la celebración, en un entorno donde la naturaleza y el afecto se entrelazaron sin artificio.

El proyecto de ambientación, concebido y dirigido por Elaiza Pozzi, partió de una premisa clara: crear un universo donde lo informal y lo glamoroso convivieran en equilibrio.

El corazón del espacio fue una gran carpa beduina, a la que se accedía a través de un recorrido en zigzag que invitaba a descubrir distintas escenas. Más de sesenta floreros vintage —de diversas procedencias y épocas— se mezclaban con velas LED, generando capas de luz y textura.

Los livings, tanto dentro como fuera de la carpa, proponían distintos modos de habitar la fiesta: sillones de madera con almohadones estampados especialmente diseñados, guiños textiles inspirados en motivos florales y estética Missoni, y sectores más descontracturados con hierro y mesas altas.

Un gran cielo de guías de luces unificaba la escena, mientras que las barras, el espacio de fuegos y la mesa de tabaco se integraban con fluidez, consolidando una circulación orgánica. El resultado: un entorno cálido, sofisticado y profundamente personal.

Cuando cayó la noche, la celebración se transformó. La pista de baile —intervenida con un techo de bolas de espejo y elementos reflectantes— amplificaba la luz y la energía en una atmósfera vibrante.

La música, a cargo de Mateo Milburn y Valentín Morales, fue diseñada con precisión, acompañada por la curaduría musical de Martín Guerra. El punto de inflexión llegó con la banda de Coti, seguida por la de Nacho Obes, consolidando una pista que no se detuvo hasta el amanecer.

Una fiesta inolvidable

La fiesta estuvo atravesada por momentos inesperados: una torta alfajor gigante irrumpiendo con bengalas, máquinas Polaroid capturando la noche en tiempo real, performers interveniendo a los invitados con maquillaje y una explosión de cotillón luminoso que transformó el espacio en un fiestón.

El catering de La Huella acompañó con una propuesta contemporánea, fresca y descontracturada, perfectamente integrada al ritmo de la celebración. En la producción general colaboró el equipo de Aplauso.

Entre lo emocional y lo festivo, la boda de Delfina y Santiago se construyó como una experiencia total: cuidada en cada detalle, pero vivida con absoluta libertad.

Fotos: @mika_alvarez